El caso es que la opinión experta al respecto depende ya del especialista que se consulte y, aunque algunos siguen manteniendo que afecta negativamente el desarrollo del niño, comienzan a quedarse en minoría.

Ese estaba siendo el caso de la Academia Americana de Pediatría (AAP) que mantuvo una de las posturas más intransigentes al respecto y ahora ha comenzado a modularla. De hecho, en uno de sus últimos trabajos de investigación al respecto, llega a admitir que “estos medios digitales pueden utilizarse para facilitar la función ejecutiva (razonamiento y resolución de problemas), construir el autocontrol del niño y potenciar sus habilidades para resolver problemas, así como mejorar la capacidad de los niños para tomar decisiones", todo un cambio.

Sin llegar a constituir un rotundo respaldo a estos gadgets en la infancia, nada que ver con lo que mantenía en 2013, cuando decía que  "hay una clara evidencia de que (estos medios) pueden contribuir sustancialmente a muchos y diferentes riesgos y problemas de salud, así como afectarles negativamente". A raíz de ello, llegó a aconsejar a los padres a limitar el tiempo de exposición de sus hijos a estos dispositivos o alejar a los niños menores de dos años de ellos o mantenerlos fuera de sus dormitorios.

Ahora, sin embargo, también se rebaja la carga de sus consejos y recomiendan a los padres a "participar con sus hijos en estos juegos y permitir incluso que les enseñen, evitando, eso sí, que se conviertan en una niñera o que constituyan un premio o castigo”.

Postura no tan laxa la del Instituto Brookings, que pondera la idoneidad de los juguetes sencillos y tradicionales frente a los dispositivos electrónicos. Incuso, argumentan que si el padre le lee a su hijo un libro electrónico en vez de convencional, éste tiene más dificultad para “seguir la trama".

En definitiva, aún posturas encontradas que seguirán evolucionando, con nuevos estudios y comparativas.