El 2021 empezó de una de las formas más surrealistas posibles: el Capitolio de Washington fue asaltado el 6 de enero. Las redes sociales se inundaron de memes, fotos y vídeos de este suceso que, sin duda alguna, pasará a formar parte de los libros de historia.

A muchos y muchas nos pilló por sorpresa. Es normal pensar que es muy extraño que un acto tan multitudinario no hubiera dado señales antes de que iba a suceder.

Si es tu caso, enhorabuena, el algoritmo de redes sociales como Twitter no ha detectado que tengas interés en teorías conspiratorias que defienden que las elecciones de Estados Unidos fueron amañadas.

Sin embargo, lo que sucedió el 6 de enero en Washington fue resultado de semanas y semanas de propagación por parte de Trump y sus seguidores, de falsas informaciones en redes sociales sobre el resultado de las elecciones presidenciales de Estados Unidos.

Como resultado: violencia en el Capitolio y la seguida suspensión de la cuenta de Donald Trump en Twitter y otras redes sociales.

Analizamos los antecedentes del asalto al Capitolio, exponemos los motivos de Twitter para tomar su decisión y ponemos sobre la mesa el debate que ha surgido tras todo esto: ¿está Twitter violando el derecho a la libertad de expresión?

Foto: El País

El antes del asalto al Capitolio: Antecedentes en redes sociales

Si piensas que las redes sociales son una fuente de información neutral, que te permite acceder a comentarios y noticias de distintas ideologías, te equivocas. El algoritmo de redes como Twitter te conoce tan bien que te ofrece información basada en tus intereses, creencias e ideología.

Twitter explica que sus sugerencias se basan en tus contactos, tu ubicación (como la ciudad y país en el que te encuentras), tu actividad en Twitter (como tus tweets, personas que sigues, interacciones), webs de terceros a las que accedes via Twitter, etc.

Esto quiere decir que las personas que asaltaron el Capitolio estuvieron durante semanas recibiendo un bombardeo continuo de informaciones que apoyan teorías conspiratorias. Es decir, creen realmente que las últimas elecciones de Estados Unidos fueron amañadas.

Según un informe de The Economist, el 86 % de los votantes de Trump cree que las elecciones fueron “robadas”. Estamos hablando de 72 millones de ciudadanos estadounidenses creyendo que Joe Biden no ha sido electo como presidente de forma legítima.

Como habréis podido imaginar, fue el mismo Donald Trump quien inició todo esto. La misma noche de las pasadas elecciones, cuando aún no se sabían los resultados definitivos, el entonces presidente Trump apareció en televisión autoproclamándose ganador de las elecciones.

Twitter empezó a arder, sobre todo para aquellos y aquellas que el algoritmo había sabido dectectar su afinidad al partido Republicano. El presidente Trump utilizó su cuenta de Twitter para potenciar esta creencia.

“Vamos ganando, pero están tratando de ROBAR las elecciones. Nunca les dejaremos hacerlo. Los votos no pueden ser emitidos después de que se cierren las urnas”, afirmaba Donald Trump en Twitter.

A pesar de que Twitter etiquetó su post como “potencialmente engañoso”, la desinformación continuó. Surgieron plataformas en redes sociales como Facebook bajo el nombre “Detengan el robo” y crecieron organizaciones en torno a teorías conspiratorias como QAnon, fruto de la extrema derecha del país.

Twitter se utilizó para convocar manifestaciones, como la del sábado siguiente a las elecciones. Esta fue la “Marcha del millón MAGA” (MAGA viene de Make America Great Again o Hagamos a América grande de nuevo, en español).

Foto: telam.com

Trump apoyó esta marcha y afirmó en sus redes sociales que podría pasarse “a saludar”.

Las masas empezaron a movilizarse, las fake news en torno al supuesto robo de las elecciones se multiplicaban. Vídeos falsos de supuestos votantes de Trump a los que no se les permitía votar. Textos en los que se exponía información falsa sobre votos robados.

Y mientras esta marea conspiratoria de información falsa aumentaba, todavía había esperanza. El cabecilla de este movimiento tan antidemocrático (o sea, Donald Trump) presentaba recursos judiciales para intentar demostrar que las elecciones habían sido amañadas (recursos que han sido desestimados).

En su mayoría, los creyentes de esta teoría son personas y colectivos de ultraderecha, como el grupo Proud Boys (“chicos orgullosos”), una organización formada por hombres blancos que se declara abiertamente en contra de los y las inmigrantes.

Después de semanas y semanas de tweets, discursos y conferencias en las que Trump se seguía proclamando ganador de las elecciones y acusaba al Estado de haber amañado las urnas, llegó el 6 de enero.

Fue en el Ellipse, un parque ubicado cerca de la Casa Blanca. Allí mismo, Trump emitió un discurso en el que azuzó lo que horas después tendría lugar: el asalto al Capitolio.

“Luchamos como en el infierno y si no lucháis como en el infierno ya nunca más tendréis un país”, “así que vamos a ir por la Avenida de Pensilvania... y vamos al Capitolio”, animaba Trump.

Lo que pasó horas después se vio en los televisores de millones de personas en todo el mundo. Esa masa enfurecida de fieles seguidores de Trump entrando de forma violenta al Capitolio por la fuerza.

Y aunque nos pillara por sorpresa, las señales habían estado en las redes desde hacía semanas. Grupos extremistas, de ultraderecha, armados y violentos creyendo fielmente lo que su líder Trump lleva tiempo afirmando en plataformas como Twitter: que las elecciones habían sido robadas.

Twitter suspende de forma permanente la cuenta de Trump

Y entonces pasó lo que hacía tiempo que debería haber pasado: Twitter suspende la cuenta de Donald Trump. Aunque el ex-presidente llevaba meses usando la plataforma como medio de difusión de discursos de odio, tuvo que tener lugar un suceso violento como el del 6 de enero para que Twitter reaccionara.

Twitter emitió un comunicado el 8 de enero en el que explicaba que, tras haber revisado los distintos tweets de la cuenta @realDonaldTrump, habían decidido suspender la cuenta debido al “riesgo de incitar a más violencia”.

La red social ha determinado su decisión basándose en los siguientes factores:

  • El hecho de que Trump afirmara que no iba a presentarse en la ceremonia de Investidura Presidencial. Con ello confirmaba su creencia de que las elecciones no eran legítimas.
  • Sus tweets motivando a grupos extremistas violentos.
  • El uso de términos como “patriotas americanos” para referirse a las personas que lo apoyan se ha considerado como apoyo a los actos violentos que tuvieron lugar en el Capitolio.
  • Tweets que muestran que Trump no tiene planeado facilitar una transición ordenada y en su lugar planea continuar apoyando y protegiendo a aquellos y aquellas que creen que él ganó las elecciones.
  • La muestra de planes para futuras protestas armadas ya habían empezado a proliferar (dentro y fuera de Twitter), incluyendo una propuesta de ataque secundario al Capitolio y a los edificios del capitolio estatal el 17 de enero de 2021.

Desde que Twitter tomara la decisión de suspender la cuenta de Donald Trump, más de diez plataformas digitales han seguido sus pasos: Facebook, Instagram, YouTube o Apple son ejemplo de ello.

Por otro lado, a pesar de que esta decisión ha sido aplaudida por muchas personas en todo el mundo, también ha recibido bastantes críticas, incluso por parte de personas que no apoyan a Trump.

Twitter suspende la cuenta de Trump: ¿Qué pasa con la libertad de expresión?

Es entonces cuando entran en el debate conceptos como la libertad de expresión y la censura. Son muchas las personas que han expresado su disconformidad con la decisión de Twitter.

Sin ir más lejos y sin ninguna sorpresa, Santiago Abascal ha afirmado haber iniciado conversaciones con “líderes políticos internacionales” para afrontar el “ataque” a la libertad de expresión por parte de Twitter.

Del mismo modo, la canciller alemana Angela Merkel explica que le preocupa la decisión de Twitter ya que parece “poner en límite la libertad de expresión”.

Si analizamos el punto de vista legal, tenemos que entender que Twitter es una empresa privada, por lo que tiene derecho de emprender acciones para controlar su contenido.

El Servicio de Investigación del Congreso de Estados Unidos ha explicado que la libertad de expresión en Primera Enmienda no se aplica a las organizaciones del sector privado.

Es decir, la libertad de expresión se aplica cuando un individuo se ve perjudicado por una acción del gobierno. Cuando un gobierno prohibe la publicación de determinado contenido, podríamos hablar de censura, pero tenemos que entender que una empresa privada debe tener libertad para decidir el tipo de contenido que publica.

Ahora bien, si nos centramos en analizar lo que es legítimo y lo que no, más allá de la legalidad, hay que tener en cuenta que muchas veces se tiende a creer de forma errónea que libertad de expresión significa poder hacer público todo lo que se desea.

No es así. Si este mismo medio publicara cualquier tipo de discurso de odio (algo que no va a pasar), tendríamos que enfrentarnos seguramente a demandas por no respetar los derechos fundamentales de determinados colectivos.

Por otro lado, si decidimos publicar información no veraz, sin pruebas ni fuentes que prueben que dicha información es veraz, tendríamos seguramente también que pasar por los juzgados.

Cuando hablamos de libertad de expresión, no podemos pasar por alto otros derechos fundamentales que la libertad de expresión debe siempre tener en cuenta.

Hablamos del “derecho al honor, a la identidad y a la propia imagen” o “derecho a recibir una información veraz”, entre otros muchos.

¿Os imagináis el caos que supondría que los medios de comunicación o plataformas de difusión como Twitter pudieran publicar lo que quisieran, incluidos discursos de odio e informaciones falsas que no respetaran los derechos de otros?

No hace falta imaginar, simplemente basta con echar un vistazo a lo que sucedió el pasado 6 de enero en el Capitolio de Washington.