Las dificultades intrínsecas de comparar dos sistemas operativos se agravan aún más por la circunstancia de que uno de ellos, Windows 95, no esté disponible todavía para el público. Los probables cambios que incorporará la versión definitiva invalidan ahora cualquier comparación en rendimiento y velocidad. Por ello, hemos evitado por el momento cualquier examen de esos aspectos, reservándolos para dentro de unos meses cuando se produzca su lanzamiento al mercado.

Warp por el contrario ya se puede comprar en su versión en castellano y espera aprovechar esa ventaja de tiempo a su favor. OS/2 como sistema ha sufrido un considerable empuje con Warp y además, el lanzamiento de los primeros ordenadores de IBM que soporten OS/2 para PowerPC será el espaldarazo definitivo.

Arquitectura interna

En las características técnicas de su arquitectura interna, los dos sistemas muestran un amplio catálogo de atributos comunes. Este hecho esconde un aspecto que no debe ser olvidado, y es que ambos confluyen en una arquitectura similar desde puntos muy diferentes. Mientras que Warp proviene de la evolución de un sistema operativo ideado con estas características en mente desde sus inicios, Windows 95 se enfrenta a una importante reestructuración desde un sistema anclado en una tecnología más antigua. Aún no sabemos qué influencia, si es que habrá alguna, podrán tener todas estas consideraciones en el futuro, pero lo que es seguro es que Microsoft intentará minimizarlas esforzándose en el proceso de desarrollo, como muestra la demora en su lanzamiento.

Contar aquí las ventajas de la multitarea o de la protección de memoria, sería repetir conceptos ya mencionados. Al fin y al cabo, lo que el usuario final aprecia de estas características son aspectos de rendimiento y facilidad de uso que no podrán ser totalmente comparados hasta la salida oficial al mercado de Windows 95.

En este apartado sí se podrían mencionar los dos sistemas de ficheros propios que incorporan ambos sistemas. Tanto Windows 95 como OS/2 Warp permiten liberar al usuario de la limitación de longitud en los nombres de ficheros de 8+3 caracteres, pero ambos tienen sus ventajas intrínsecas. Por un lado VFAT permite una compatibilidad absoluta con el clásico FAT del MS-DOS. Las aplicaciones DOS que necesiten nombres cortos podrán leer sin problemas los ficheros, reconociendo sólo los 8 primeros caracteres, pero sin ninguna otra complicación. OS/2 permite instalarse sobre particiones FAT y leer y escribir datos sobre ellas, pero su sistema propio, el HPFS es el que permite nombres largos y ofrece un excepcional rendimiento y una sorprendente resistencia a la fragmentación. Desde el soporte DOS incluido en OS/2 los datos en HPFS se leen con cualquier aplicación, de forma similar a lo que ocurre con VFAT, pero si se arranca desde un MS-DOS real (desde el Boot-Manager, o desde disquete) estas particiones quedan ocultas y sólo son legibles mediante utilidades específicas.

En este sentido, quizá es más aconsejable la VFAT de Windows 95, pues respeta totalmente la compatibilidad con DOS a la vez que proporciona nombres de ficheros largos, por el contrario al instalar HPFS de OS/2 no será posible reconocer los ficheros si se arranca con DOS.

Requisitos e instalación

En los requisitos de memoria las dos compañías anuncian, a bombo y platillo, que pueden funcionar en máquinas con sólo 4 MB de RAM. No en vano esa es la configuración más extendida entre los ordenadores existentes, y ambos necesitan ese mercado potencial. La realidad es muy distinta. Aunque los dos sistemas funcionan bien con 4 MB, las necesidades de muchos de los actuales programas (y la mayoría de los futuros, seguro), marcarán los nuevos requisitos. No es éste el lugar adecuado para discutir sobre la progresiva avidez de memoria de las aplicaciones, y sobre si esos mayores requerimientos vienen proporcionalmente compensados con mayor potencia o facilidad de uso. En este momento lo cierto es que, en breve, si no ya mismo, 8 MB está pasando a ser el mínimo absoluto para que un ordenador sea productivo. A menudo, utilizar estos nuevos sistemas operativos en máquinas con el mínimo de memoria requerido supone renunciar a alguna de sus características, o pagar un precio en rendimiento inaceptable por el uso intensivo de la memoria virtual.

La instalación es un proceso que tiende a ser automático en los dos casos. Existen opciones de instalación simple en las que el usuario no tiene más que activar el instalador y esperar... y seguir esperando. Y si es posible, hacerlo cómodamente sentado armado de considerable paciencia, porque la nueva generación de sistemas tiene tanta potencia como poca prisa en instalarse. Aquí las versiones en CD-ROM tienen mucho que decir para transformar el proceso en algo tolerable. A su favor hay que apuntar el espléndido trabajo de los instaladores para intentar reconocer el hardware existente, y utilizar la configuración de Windows que tengamos actualmente en nuestro ordenador. Por otro lado, los requerimientos de espacio en disco duro son en ambos casos muy importantes, aunque bastante similares, y muy dependientes de la instalación o no de componentes opcionales.

Aquí hay que apuntar un hecho negativo de Windows 95. Su instalación actual hace imposible, o al menos muy complicada, su coexistencia con otros sistemas operativos. No existe forma de indicar la partición donde se quiere instalar Windows 95, que siempre lo hace sobre aquella desde la cual se ejecuta el programa de instalación. Tampoco existe un Boot Manager al estilo de OS/2 y nada por el estilo. Para poner un ejemplo, en el ordenador donde ha sido probado Warp convivían sin problemas 4 arranques con MS-DOS, OS/2 2.1, OS/2 Warp y Linux. Pero para poder instalar en un ordenador la versión inglesa y la versión española de Windows 95 es necesario modificar manualmente la tabla de particiones y engañar al sistema indicando que una partición es Xenix cuando no lo es. El grave error es que se sigue soportando únicamente la posibilidad de crear dos particiones, una primaria y una extendida. Microsoft debería replantearse seriamente esa actitud xenofóbica hacia otros sistemas en la versión definitiva. Es inadmisible obligar al usuario a tomar partido por cualquier sistema operativo cuando, siendo puristas, la mejor elección entre uno y otro, sería poder tener los dos.

Interfaz de usuario

La filosofía orientada a objetos es el patrón que corta la interfaz de usuario de ambos sistemas. Todos los elementos de la interfaz son objetos con propiedades específicas, a las que el usuario accede mediante el botón derecho del ratón (o izquierdo si es zurdo). Los iconos están vinculados a la estructura física del disco y al programa que representan, a diferencia de lo que ocurría con Windows 3.1. También, en los dos casos, se pueden crear iconos de enlace (métodos abreviados en Windows 95, sombras en Warp). La nueva filosofía hará que más de un usuario tenga que reciclarse en los nuevos métodos de trabajo, pero el tiempo invertido tiene garantizado una mayor productividad. Desde el mismo entorno gráfico pueden activarse multitud de operaciones complejas y potentes, algo a lo que ya están acostumbrados, desde hace tiempo, los usuarios de Macintosh.

Un elemento muy característico, que aparece en ambos casos, es una barra de tareas configurable por el usuario, y que hace más sencillo acceder y arrancar a las aplicaciones y documentos de nuestro disco duro. La de Windows 95 se basa en menús jerárquicos desplegables y, a primera vista, parece más versátil que la de Warp, pues todos los programas del disco duro se pueden ejecutar desde los menús de la barra. La de Warp se centra más en facilitar el acceso a los objetos más frecuentemente utilizados, y arrancarlos con un sólo clic de ratón. En cualquier caso, la sencillez de manejo de las dos será siempre bien