Esta patente comunitaria promete a los inventores una manera más económica de registrar sus inventos en toda la Unión, así como una mayor seguridad legal para sus patentes. Desde muchos sectores se ha visto como un instrumento vital para impulsar la competitividad de la Unión. Un propósito que ha estado en el punto de mira de las políticas europeas durante décadas, aunque las peleas acerca de a qué lenguas deben ser traducidas las patentes de las aplicaciones han impedido un mayor progreso.

El pasado mes de enero, la Comisión anunció que iba a realizar un último gran esfuerzo para romper esta oposición. Así, abrió un período de consultas con la industria y otras organizaciones e individuos interesados en la materia.

Sin embargo, lejos de recibir el respaldo de la industria (que es la que más gana con el sistema de patentes propuesto, según la Comisión), tres de los lobbys más influyentes ya han avisado a este organismo europeo que debe abandonar su proyecto, al menos por ahora, y, en su lugar, mejorar el actual régimen, competencia de la Oficina de Patentes Europeas, situada en Munich (Alemania).

Algunos ven en este proceso una historia similar a la vivida el pasado año con el asunto de las patentes de software. Una batalla ganada por aquellos grupos opuestos a las patentes en el software.

Francisco Mingorance, experto en política europea dentro de la BSA, asegura que el “abrir un debate sobre la patente comunitaria sería como abrir la caja de Pandora”