La secuenciación del genoma de microorganismos animales, plantas e, incluso del ser humano, ha adquirido un impulso decisivo con la aplicación de máquinas robóticas de altísima velocidad y sistemas informáticos que realizan en escasos segundos los análisis que, tan sólo hace unos años, requerían varios meses. Los resultados de este esfuerzo están contenidos en bancos de datos, donde los investigadores se están dando cuenta de que la taxonomía animal es muy diferente de lo que se pensaba.

El botánico sueco Linneo, que hace dos siglos concibió la ciencia que clasifica a los seres vivos, desconocía la evolución, mientras que Darwin y Wallace, en el siglo XIX, propusieron independientemente una teoría sobre el origen y la evolución de las especies. Sin embargo, les faltaba la perspectiva genética en su interpretación. Mendel empezó con la genética y en las últimas décadas se ha perfeccionado hasta tal punto que es asequible el estudio de los genes en diversos laboratorios. En la naturaleza hay numerosas bacterias que viven dentro de nosotros mismos y que son desconocidas por los científicos. Como recuerda el profesor Antonio Arnáiz, catedrático de Inmunología la Universidad Complutense que ha dirigido unas jornadas científicas en la Fundación Areces para revisar los últimos hallazgos en esta área, en los últimos años se ha descrito nuevos reinos de microorganismos, entre ellos el Archea, cuyos genes son más cercanos a los de las células que los de las bacterias convencionales. James Lake también distingue el reino de los eocitos o bacterias termófilas, que metabolizan compuestos sulfurados en base a sus peculiaridades genéticas. Parece que el árbol de la vida autónoma no se enraiza en estos nuevos reinos de microbios sino en las bacterias convencionales que viven a altas temperaturas. El hallazgo de nuestra flora intestinal completa y de los microbios no clasificados como patógenos que residen dentro de nosotros, puede ayudar a los investigadores a entender la evolución del sistema inmunológico y el desarrollo de enfermedades que le afectan.

Recientemente se ha demostrado con una serie de peces y aves (pinzones) de las islas Galápagos cómo una especie inicial puede dar lugar a otras situadas geográficamente próximas, pero que se han separado por barreras físicas o alimentarias. Este acreditado inmunólogo sostiene que la separación ha podido tener lugar por la fragmentación de hábitats como en el caso de los peces cíclidos de la cadena de lagos de África Oriental o como en la colonización de islas próximas, forzada por interacción competitiva con gran número de individuos, como los pinzones de Darwin de las Galápagos.

Los investigadores han constatado que el origen de los jilgueros y de los canarios se remonta al Mioceno o Pleoceno y que ambos grupos no tienen relación genética. Asímismo, los análisis de los genes del cromosoma Y ofrecen unos resultados sobre el origen de los primeros humanos diferentes a los obtenidos con el estudio de los genes transmitidos por vía materna. Al hilo de lo expuesto, la teoría de la Eva mitocondrial es coincidente con las arqueológicas y antropológicas que postulan una sustitución de las poblaciones humanas antiguas por modernas. Sin embargo, los genes paternos ofrecen una visión contraria: cada grupo étnico humano actual tiene sus propias peculiaridades genéticas. El Nobel Cavalli-Sforza explica este fenómeno por una hipotética mayor movilidad de las hembras que de los varones. Es preciso analizar etnia por etnia y población por población, ya que la controversia científica es muy amplia. Arnáiz y su equipo, al estudiar genes HLA en ibéricos señala que parte del patrimonio genético vasco-ibérico procede del norte de África. A esta misma conclusión llega el profesor Sykes, catedrático de la Universidad de Oxford, tras estudiar DNA mitocondrial: hay al menos el mismo número de genes norteafricanos, procedentes de Europa, en los habitantes de la Península Ibérica.

En el transcurso de los próximos diez o veinte años los científicos alcanzarán un orden, que servirá para conocer mejor el entorno microbiano real y no artificial, elaborado en el último siglo por el hombre. Como subraya Antonio Arnáiz, numerosos microbios que viajan con nosotros, dentro de nuestro cuerpo, son aún desconocidos y su interacción con el sistema inmunológico es un enigma que, una vez desvelado, puede ser la respuesta de, por ejemplo, como se llega a los estadios finales del sida.