Su sistema telemétrico y el diseño retro hacen de la R-D1 un modelo único entre las digitales, y sólo adecuado para quien disfrute del placer de hacer una foto “a mano”, olvidandose de toda clase de automatismos.

Desde que Epson anunció esta cámara en el PMA, aún no ha surgido ningún competidor que use el mismo concepto. Se trata de una cámara digital con telémetro y óptica intercambiable, lo que significa que el sistema de enfoque es un tanto peculiar.

Para empezar el enfoque es manual, y no existe el autofoco ni de forma opcional. Además, cuando una imágen se encuentra desenfocada, no la vemos borrosa, sino que vemos dos imágenes que no se superponen completamente. Sólo cuando se superponen -perfectamente- habremos enfocado el objetivo. En realidad se trata de un sistema muy preciso y apreciado por los fotografos más veteranos, aunque hay que acostumbrarse a el. El visor consta de dos ventanas separadas unos centímetros, que es lo que permite calcular la distancia, igual que lo hacemos con los ojos. Cuanto mayor sea está distancia más preciso será el telémetro.

Con este diseño técnico está claro que es una cámara que no pretende convertirse en objeto del deseo de las masas sino, muy al contrario, se orienta a un selecto grupo de fotógrafos nostalgicos que gustan de los sistemas tradicionales. Así pues, su aspecto es clásico, muy clásico, tanto que a primera vista parece más una cámara antigua que un nuevo modelo de digital. Incluso se ha llegado al punto de incluir indicadores analógicos en lugar de pantallas LCD que habrían resultado completamente anacrónicas y estropeado la línea de un equipo de estas características. El TFT de 2 pulgadas se oculta girando sobre sí mismo, lo que permite preservar toda la belleza del diseño.

Uno de los puntos esenciales de esta Epson es el haber empleado una montura de bayoneta Leica M, que permite utilizar la gran base de objetivos existentes para este sistema, así como los de montura Leica L, de rosca haciendo uso de un adaptador opciona. De hecho, la unidad de pruebas que tuvimos venía con un objetivo Voigtländer de 35 mm, f2,5 con montura de rosca, y el correspondiente adaptador para la bayoneta.

Tras las laminillas del obturador se ha colocado un sensor CCD de tamaño APS-C y 6,1 megapíxeles de resolución. Teniendo en cuenta el precio de esta cámara, quizás sea una resolución algo justa, sobre todo si la comparamos con las réflex de precio similar que ostentan 8 ó 10 MP. Sin embargo, es una cámara tan peculiar, que no podemos compararla. Su objetivo no es la productividad, sino disfrutar con la fotografía. Lo mismo se repite en la velocidad de disparo que llega desde 1 s (y modo B) hasta un mínimo de 1/2.000 s, lejos de los 1/8.000 de alguna réflex, aunque pocas cámaras con obturador exclusivamente mecánico consiguen disparar más rápido. En cuanto al rango de sensibilidades, puede trabajar desde 200 hasta 1.600 ISO. Los archivos que genera pueden ser JPEG o RAW (pero no ambos de forma simultánea) y se almacenan en una tarjeta SD.

Los menús simulan ruletas de control y entre las opciones más interesantes encontramos la posibilidad de seleccionar un modo de blanco y negro en el que podremos hacer uso de filtros digitales que emulen los más habituales en este tipo de fotografía (verde, amarillo, naranja y rojo).

La otra ópción destacable es la posibilidad de simular tres tipos diferentes de película, a base grabar la configuración de cinco parámetros: Mejora perfil, Saturación, Tono, Contraste y Reducción de ruido.

Durante la visualización de fotos, el mando de rebobinado se convierte en un control universal, de manera que girandolo en sus dos posiciones, alta y baja, podemos controlarlo todo de forma muy rápida y cómoda. Todo un ejemplo de facilidad de uso. Información de la toma, histograma, rejilla de encuadre o resalte de los extremos saturados son algunas de las posibilidades que ofrece.

En cuanto a los resultados prácticos, esta Epson produce imágenes de buena calidad, aunque la valoración definitiva dependerá de la óptica que se utilice, por lo que no podemos entrar en demasiados detalles. Si hemos apreciado una cierta tendencia a la subexposición cuando usamos el modo AE, si bien teniendo en cuenta el tipo de usuario al que va dirigido, no debería ser un problema demasiado importante.

En cualquier caso, es una cámara única en la que el estilo y su peculiar manejo prevalece sobre otras consideraciones.

Regreso al pasado

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Manejar esta cámara transmite una sensación un tanto peculiar que le transportará al pasado. La sujección en la mano es diferente, no tiene empuñaduras ergonómicas ni nada por el estilo. El encuadre debe hacerse por el visor, como en todas las cámaras que utilizan obturador mecánico (salvo la Olympus E-330), pues la pantalla sólo se utiliza para visualizar las imágenes ya tomadas. Los controles tampoco son los típicos pulsadores, sino que se recurre a la tradicional ruleta que combina los ajustes de velocidad de obturación, compensación de exposición y sensibilidad, con el disparador en el centro (con conector para un cable disparador mecánico). Incluso encontramos ¡la palanca de arrastre del carrete! Su función en esta cámara sin carrete es preparar el obturador para el siguiente disparo (al igual que también hacia en las cámaras de carrete), pues no existe ningún motor que se encargue de volver a tensar los muelles. Nuevamente una solución muy clásica pues ya casi habíamos olvidado el tener que pasar la palanca después de cada disparo. Como ya habrá deducido, esto hace que nos olvidemos de los disparos en ráfagas que tan de moda están ahora. Simplemente no existen.

Junto a la zapata del flash está la palanca de selección del marco, que sirve para ajustar en el visor un recuadro que nos marcará la cobertura de tres objetivos típicos: 28, 35 y 50 mm (equivalentes a 42, 52 y 74 mm al utilizar el sensor APS-C). Recordemos que no es una cámara reflex y al cambiar el objetivo, el visor seguirá mostrando la misma imagen, por lo que necesitamos saber hasta dónde llega la foto. Para evitar los errores de paralaje se emplea un sistema automático que desplaza el recuadro al tiempo que cambiamos la distancia de enfoque en el objetivo. En la parte inferior, iluminado en rojo, aparecerá el valor de velocidad seleccionado y el recomendado por el exposímetro parpadeando. La cámara sólo puede usarse en modo completamente manual o a lo sumo de prioridad al diagragma, con posibilidad de compensar la exposición hasta ±2 en pasos de 1/3.

Por último, los indicadores se han concentrado bajo un cristal circular que protege cuatro agujas: espacio libre en la tarjeta, nivel de batería, calidad seleccionada y temperatura de color. A pesar de lo que pueda parecer, la información es muy legible.

Si desplegamos la pantalla entramos de lleno en el terreno digital, y disponemos, ahora sí, de cinco pulsadores con los que controlar la pantalla y los menús. En realidad hay un sexto mando que se usa para moverse por los menús y que ocupa la posición del rebobinado del carrete, que en una cámara llena de detalles como la R-D1, no podía faltar.

Lo mejor: Diseño “retro” muy bien logrado, puede manejarse casi todo sin usar el TFT

Lo peor: Car