El pasado 5 de junio fue el Día Internacional del Medio Ambiente, y aunque hubiera podido pasar desapercibido como tantos días al cabo del año, no ha sido así en esta ocasión. Fue establecido como tal en 1972 por Naciones Unidas para estimular la concienciación sobre el medio ambiente a nivel mundial, pero este año ha tenido especial relevancia, pues el calentamiento global y el cambio climático cada vez preocupan más. La industria de TI no está al margen de todo esto y cada vez muestra más su preocupación por la “tecnología verde”. El lema de este año ha sido “¡Deja el hábito! Por una economía baja en carbono”, es decir, ha intentado promocionar las economías con menor uso del carbón.

El Día Mundial para el Medio Ambiente ilustra las distintas iniciativas así como los medios para promover unas economías y estilos de vida bajos en carbono, como por ejemplo, el empleo de técnicas más eficientes en el uso de energía, fuentes de energía alternativas, conservación de los bosques y consumo ecológico.

Así, aunque la conciencia ecológica va haciendo mella en la mayoría de nosotros, también es cierto que casi nadie quiere renunciar a su ritmo de vida, un ritmo que hoy en día está, en muchos casos, marcado por el uso de aparatos tecnológicos. De hecho, cada año se están consumiendo en el mundo más aparatos electrónicos. Esto ha causado un incremento vertiginoso de los residuos electrónicos, también conocidos como e-waste, que contienen sustancias químicas tóxicas y metales pesados que no pueden ser eliminados o reciclados de forma segura. Sin embargo, este problema puede ser evitado. Greenpeace está presionando a las principales empresas electrónicas para que cambien y para que se produzca así una inversión en esta tendencia.

Lo cierto es que, cada año, cientos de miles de viejos ordenadores y teléfonos móviles son tirados en vertederos o incinerados. Miles más son exportados, a menudo ilegalmente, de Europa, EE.UU. Japón y otros países industrializados, a Asia y África. Allí, los trabajadores que desmantelan estos residuos, algunos de ellos niños y niñas, son expuestos a sustancias químicas tóxicas y venenosas. Por ello, las empresas que fabrican estos productos deben asumir sus responsabilidades, pues es posible hacer productos sin sustancias químicas peligrosas, duraderos, que pueden ser mejorados, reciclados o eliminados de forma segura y que no acaben como residuos peligrosos.

Desde Greenpeace, una de las principales organizaciones impulsoras de este tipo de iniciativas, les piden que sustituyan las sustancias más tóxicas de los productos y procesos de producción. Además, les proponen que ofrezcan y promuevan la recogida gratuita de todos los productos dondequiera que se comercialicen. Y, además, que se prohíba la exportación de residuos electrónicos a países en vías de desarrollo y que se aplique el Convenio de Basilea en los países que lo han firmado.

Crece el consumo, aumenta la contaminación

Lo cierto es que, de los residuos sólidos urbanos, la fracción de los residuos electrónicos es, sin duda, la que crece con mayor rapidez. Esto se debe en gran medida a que en los últimos tiempos se está cambiando con mayor frecuencia de teléfono móvil, ordenador o impresora. Sin embargo, los mayores causantes de este problema son los teléfonos móviles y los ordenadores, pues son los que se cambian más a menudo. En Europa los residuos electrónicos están sufriendo un crecimiento del 3 al 5 por ciento al año, casi tres veces más rápido que el total de los residuos.

Muchos aparatos electrónicos contienen metales pesados como el plomo, mercurio, cadmio y berilio y sustancias químicas peligrosas como los retardantes de llama bromados. El PVC, un plástico tóxico, también es utilizado con frecuencia y cuando es producido o incinerado emiten dioxinas y furanos, que son compuestos químicos muy persistentes en el Medio Ambiente y muchos de ellos son tóxicos incluso a bajas concentraciones.

Pero antes de llegar a este punto, es posible deshacerse de los aparatos electrónicos de diferentes modos. Los tradicionales vertederos no son la mejor opción y, de hecho, en muchos países europeos se han adoptado legislaciones para prevenir que los residuos electrónicos acaben en ellos debido a la peligrosidad inherente. Otra posibilidad es que lleguen a las incineradoras, pero éstas liberan al aire metales pesados tales como el plomo, cadmio y mercurio. Si los productos contienen PVC, también se liberan dioxinas y furanos.

Frente a estas dos opciones están la reutilización y el reciclaje. La primera es una de las mejores formas para aumentar la vida útil de los productos. De hecho, muchos de los aparatos viejos son exportados a países en vías de desarrollo, aunque también hay que controlar qué ocurre con ellos cuando dejan de utilizarlos en estos lugares, que generalmente no tienen las condiciones adecuadas y necesarias para gestionar residuos peligrosos.

El reciclaje puede ser una buena forma de reutilizar los materiales de un producto, pero se ha de realizar correctamente, pues las sustancias químicas peligrosas presentes en los residuos electrónicos pueden dañar la salud de quienes trabajan directamente con los residuos. Por ello, en los países desarrollados, el reciclaje de los aparatos electrónicos tiene lugar en plantas específicas para el reciclado de estos productos bajo estrictas condiciones.

En algunos casos también se recurre a la exportación desde los países desarrollados a los países en vías de desarrollo, muchas veces violando leyes internacionales o no cumpliendo el Convenio de Basilea.

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