VIDA Y HOGAR DIGITAL | Artículos | 03 ENE 2017

¿Puede atacarnos el Internet de las cosas?

Los objetos que nos rodean están cada día más conectados; los expertos alertan de la ausencia de medidas de seguridad que protejan nuestra vida diaria de ciberataques.
¿Puede atacarnos el Internet de las cosas?
Foto: Marcus Brown (cc)
Manuela Astasio

Está en los coches conectados, en el monitor de vídeo con el que vigilamos el sueño de nuestro bebé, en la domótica del hospital en el que está ingresado un familiar… el Internet de las Cosas penetra cada día un poco más en nuestras vidas para hacerlas más fáciles. Sin embargo, algunos expertos comienzan a advertir también de sus peligros.

Lo hacen porque consideran que las medidas de seguridad de estos dispositivos y sistemas no han crecido en paralelo a otras de sus características ni a la expansión de su uso, y porque creen que es cuestión de tiempo que los ciberdelincuentes ideen creativas y sofisticadas formas de sembrar el caos en nuestra vida diaria.

Todavía no ha muerto nadie”, advirtió Bruce Schneier, un experto en ciberseguridad, durante una conferencia en Harvard, en la que se refirió a un ciberataque perpetrado en octubre de 2016 contra la compañía Dyn, proveedora de servicios en la nube. El golpe, que afectó a un entramado de webcams y monitores para bebés, se quedó en un incidente “benigno”, pero visibilizó los riesgos de tener tantos aspectos de nuestra vida conectados a Internet.

En una reciente convención sobre inteligencia artificial en Barcelona el investigador Ian Goodfellow alertó de lo fácil que resulta atacar este tipo de sistemas, precisamente por su capacidad para aprender patrones de conducta. Goodfellow, quien precisamente ha dedicado buena parte de su trabajo a “engañar” a este tipo de máquinas, asegura que podemos hacer a estos sistemas prácticamente todo lo que se nos ocurra.

Esto es así porque pese a que solemos referirnos a ellos como inteligencia artificial, por su capacidad para aprender y ser entrenados, en realidad no gozan de tal inteligencia, o al menos no de una que, por el momento, les permita detectar cuándo los estamos engañando para fines poco legítimos. De ahí que ya haya sido posible frenar, cerrar y apagar las luces de un coche conectado de Tesla de manera remota aprovechando una vulnerabilidad de su sistema, como demostraron dos investigadores en la conferencia de hackers Def Con celebrada en Las Vegas en agosto de 2015. Antes, otros ingenieros habían hallado brechas en el Toyota Prius y el Ford Escape.

Alarmado por estos riesgos, el gobierno estadounidense creó un programa de investigación en ciberseguridad automovilística. Y eso es, precisamente, lo que distintas voces del sector reclaman ahora para el Internet de las cosas. “No puede ser que las reglas sean diferentes en función de si el dispositivo tiene ruedas, realiza llamadas telefónicas o lo llevamos incorporado a nuestro cuerpo”, dice Schneier. En Estados Unidos, referencia de la vanguardia tecnológica, no existen ratios ni baremos que sirvan de referencia a los consumidores que adquieran uno de estos dispositivos y deseen conocer su nivel de seguridad y los fabricantes carecen de incentivos para potenciarla.

Los ojos miran ahora hacia el gobierno norteamericano, quizá con más intensidad desde que se supo que el nuevo presidente sería Donald Trump. La mayoría parece estar de acuerdo en que corresponde a la Administración tomar medidas respecto a la seguridad del Internet de las Cosas. Cómo debería hacerlo ya no está tan claro: algunos defienden la creación de una agencia gubernamental específica, pero la posición republicana tradicional se resiste a cualquier ampliación de gobierno.

Sistemas de ventilación, ascensores, intranets institucionales… no solo se trata de la vulnerabilidad y especial sensibilidad de los lugares donde se instalan estos dispositivos, sino que también hay que tener en cuenta la facilidad para hackearlos en red y convertirlos en una botnet gigante, recuerda el profesor Kevin Fu, de la Universidad de Michigan. Cada ordenador conectado a la red, esté dónde esté -un coche, un medidor médico, un dron- se encuentra expuesto a un riesgo que es creciente y masivo, y si algo sucediera, la opinión pública reclamaría acciones gubernamentales.

Fotos: Marcus Brown (cc) / em den (cc)

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