| Artículos | 01 JUN 2003

Videoconferencia: ahorro de coste y riesgos

Tags: Histórico
David R. Vidal.
Es una vieja idea la de realizar llamadas telefónicas que den una sensación de “cuerpo presente” gracias al empleo de imágenes. Lo que hasta ahora era una experiencia reducida puede convertirse, debido a la amenaza de la neumonía asiática, en la práctica cotidiana de muchas empresas que quieren evitar riesgos a sus empleados.

El principal problema de una videoconferencia no es el precio del equipo, que está al alcance no ya de empresas, sino de cualquier usuario doméstico. Ni siquiera el ancho de banda, toda vez que las redes de transmisión de datos son cada vez mejores y más rápidas. No digamos el software, que hasta puede ser gratuito. La expansión, llamemos popularidad, de la videoconferencia es lo que hasta el momento ha llevado a muchos a ignorar esta práctica tendencia. En efecto, de nada sirve que poseamos la más moderna tecnología si nuestros interlocutores no la tienen.
Los sistemas de videoconferencia son fiables, sencillos de instalar y de bajo coste, pero nunca han destacado en las ventas. En España crece el número, pero no deja de ser simbólico, y en Estados Unidos hasta hace poco iban en un suave declive. Sin embargo, desde los desgraciados atentados de las Torres Gemelas en Nueva York hasta la corta pero intensa guerra en Irak, pasando por la reciente amenaza del SARS, o Síndrome Agudo Respiratorio Severo (más conocido como neumonía atípica o asiática), parece haber renacido el interés por estos sistemas, como analizaremos a continuación.
Es necesario distinguir el uso doméstico o personal de videoconferencia de aquel otro profesional, que es donde vamos a enfocar nuestra discusión. Las motivaciones, recursos y objetivos son distintos en ambos sectores. La llamada “videoconferencia” realizada con una webcam y un módem mediante Internet, no deja de ser una sombra de lo que es una videoconferencia real, si bien es posible que esta distinción desaparezca parcialmente en un futuro inmediato, siempre y cuando mejoren drásticamente las líneas de comunicación actuales.

Reuniones a distancia
Desde un punto de vista del trato humano, una videoconferencia supone un estado intermedio entre el contacto personal y el contacto telefónico, más frío. Ciertamente podría ser un buen sustituto en la mayoría de las reuniones de negocios, técnicas o de otra índole que suponen una parte importante de la vida empresarial.
En principio, la videoconferencia supone un ahorro de tiempo, toda vez que el contacto físico implica un desplazamiento al lugar de la reunión. Este hecho es más acentuado conforme la distancia es mayor: recorrer miles de kilómetros para tratar un asunto de minutos no deja de ser un gran inconveniente. El tiempo, en directivos y personalidades, es el bien más apreciado.
También supone un ahorro en costes, sobre todo cuando el desplazamiento supone gastos de avión, taxis, hoteles, comidas, aparcamientos, etc. Esto se deja sentir particularmente en las PYMES, obligadas a eludir este tipo de gastos sobre todo cuando la economía no va con buen pie.
Y, ante la expansión de la neumonía asiática, podemos aventurar un tercer motivo: la seguridad. El miedo a contagiarse o -sobre todo- a ser puesto en cuarentena por las autoridades de algunos países tras regresar de destinos, vuelos u hoteles “contaminados” ha reducido drásticamente los viajes de negocios a la mayor parte de Asia. Ciertamente la videoconferencia es una buena solución cuando existan razones, objetivas o no, de que la seguridad personal está en juego. No olvidemos que el miedo a ataques terroristas, a un secuestro, a cualquier tipo de amenaza contra la integridad de las personas han hecho desconvocar más de una reunión.
Finalmente, los problemas inherentes a los desplazamientos están siempre latentes: podemos encontrarnos con situaciones tan desagradables como el overbooking, las huelgas, la falta de plazas, los accidentes, los colapsos en carreteras y un larguísimo etcétera.
Sin embargo, tampoco podemos asegurar que la videoconferencia se va a convertir en la panacea de las reuniones o, al menos, no mientras persista la mentalidad de muchos empresarios. Se habla del estatus del directivo que marca la diferencia porque puede viajar; sin embargo tampoco hay que olvidar que son muchos los que cierran parte de sus tratos en restaurantes, tras suntuosas comidas.

Los codecs
Antes de entrar en materia es necesario definir unos componentes fundamentales: los llamados codecs (codificadores-decodificadores), que son filtros que comprimen al máximo la información de vídeo y audio de tal forma que pueda ser transmitida con el mínimo ancho de banda posible. Con el paso del tiempo, van surgiendo nuevos estándares más sofisticados que mejoran calidad y prestaciones.
Los codecs de imágenes típicos son el CIF (resolución de 352 x 288 píxeles) y el QCIF (176 x 144). Más recientes son el 4CIF (704 x 506) y el 16CIF (1.408 x 1.152), incluidos en la recomendación para videoconferencia H.263. Precisemos asimismo que la señal PAL presente en casi toda Europa trabaja con 25 imágenes por segundo (fps).
Respecto al audio, el códec G.711 permite transmitir sonidos que no superen los 4 kHz (voz humana), sin embargo, el reciente G.728 permite mejorar la calidad manteniendo los mismos ratios de compresión.
Además de audio y vídeo, los videoconferenciantes deben poder intercambiar cualquier dato que precisen, bien archivos, bien dibujos en una pizarra. El estándar T.120 es el encargado de regular estos intercambios.
Los codecs pueden ser implementados por software (el ordenador hace todo el trabajo) o por hardware (tarjetas especializadas se encargan de ello, mientras el ordenador hace otra cosa). Dependiendo de nuestras pretensiones, así será la inversión necesaria en equipamiento.

El equipo informático
Hay que distinguir entre equipos específicos, orientados a empresas, que se adquieren para conectar a una televisión o proyector y cuyo coste comienza en el medio millón, alcanzando varios millones según sea la sofisticación del mismo (desde un videoteléfono hasta un sistema de sala), y los equipos basados en ordenadores convencionales, que abarcan todos los sectores.
El ordenador que nos va a permitir ejecutar la videoconferencia no precisa de grandes prestaciones, si tomamos como referencia la capacidad de los recientes modelos que se encuentran en el mercado. No obstante, si se desea trabajar con más de una cámara o con altas resoluciones, se hace imprescindible el empleo de tarjetas adicionales que implementen codecs por hardware.
Necesitaremos una o varias cámaras de vídeo. La opción más económica es una webcam o cámara web, diseñada específicamente para la transmisión de imágenes por Internet. Una sala de conferencias requerirá varias cámaras y entradas auxiliares para elementos multimedia adicionales.
La resolución de imagen en píxeles es, tal vez, el factor más importante a considerar. El problema reside no tanto en mejorar las prestaciones de la cámara, sino en el enorme impacto que representa en la información que se va a transmitir. Con 352 x 288 píxeles obtendremos unas imágenes aceptables para uso personal, pero algo mediocres en ambientes profesionales. Resoluciones próximas a 640 x 480 suponen un equilibrio óptimo entre la información a transmitir y la calidad de imagen para visualizar tanto en monitores de PC como en televisores.

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