| Artículos | 01 DIC 2006

Los retos de la sociedad de la información

Tags: Histórico
Manuel Toharia.
El 1 de enero del año 2001, a las cero horas, dio comienzo el tercer milenio de nuestra Era. Aunque, bien visto, se trataba tan sólo de una fecha más del calendario, la efeméride puede servir para apreciar cómo el pasado se nos va convirtiendo en futuro de forma cada vez más acelerada, pasando fugazmente por un presente que se hace en seguida efímero, casi intangible. Es una apreciación de profundas raíces psicológicas, pero que se hace realidad a poco que observemos lo que ocurre en nuestro mundo industrializado, que se está convirtiendo aceleradamente en un nuevo tipo de sociedad, basada en la información y la comunicación de masas, que ojalá sea capaz de originar una aun más nueva sociedad del conocimiento, de un conocimiento compartido por todos.

La incipiente Sociedad de la Información, todavía entremezclada en muchos países con la sociedad industrial propia de inicios del siglo XX, se caracteriza por la creciente interconexión entre las instituciones y las personas, mediante redes con un soporte físico casi omnipresente por las que transita una mercancía, inmaterial pero cada vez más valiosa, que denominamos genéricamente precisamente información. Una información que contiene conocimiento que se pretende compartir con otros.
El conocimiento puede ser considerado desde al menos tres puntos de vista: en primer lugar, como el resultado de aplicar un método determinado para descubrir cosas nuevas. Eso origina conocimiento científico, si el método se basa en las premisas de la racionalidad, la evidencia y la demostración universal de lo que se va descubriendo. En segundo lugar, el conocimiento puede ser considerado como el conjunto de saberes acumulado a lo largo del tiempo; es, en cierto modo, un conocimiento masivo y en perpetuo incremento, inabarcable para un sólo ser humano pero patrimonio global de la humanidad. Finalmente, existe el conocimiento que se deriva de la innovación tecnológica, aquello que se crea o se fabrica a partir de los nuevos descubrimientos; es lo que podríamos denominar ciencia aplicada, o tecnología.
En suma, podemos considerar que el conocimiento es a la vez el método dinámico de obtener nuevos saberes, la acumulación de esos saberes a lo largo del tiempo, y finalmente la derivación tecnológica objetual de algunos de esos saberes más recientes.
Estas formas de conocimiento, en todo o en parte, acaban por transmitirse de unos humanos a otros, primero contemporáneamente, y luego a través de los tiempos. Para conseguir esa transmisión, hemos de convertir ese conocimiento en una rara mercancía, virtual pero valiosa, la información. Que consiste simplemente en algún tipo de conocimiento, puntual o general, que posee la cualidad dinámica de poder ser transmitido de unos humanos a otros.
La información es, en cierto modo, el conocimiento que se transmite, que se mueve de unos humanos a otros por muy diversas vías.
Pero no existe una sola forma de hacer llegar esa información a otros seres humanos, contemporáneos o de generaciones venideras. A lo largo de la Historia hemos ido plasmando muy diversos métodos de comunicación, desde la puramente verbal a la escrita, pasando por las más variadas formas de lenguaje, incluidos los no gramaticales –por ejemplo, la música o la matemática-, y sin olvidar, obviamente, las más modernas tecnologías basadas en la microelectrónica y la informática.
Eso ha originado, cuando afecta ya a muchas personas, un nuevo tipo de sociedad en la que la información es compartida por un número creciente de personas mediante una comunicación eficaz y masiva de toda clase de contenidos, de conocimientos. Gracias a la comunicación de todas esas informaciones podemos esperar, en el mejor de los casos posible, que el conocimiento compartido nos haga más cultos y, por tanto, en esencia más libres.
¿Y en el peor de los casos? ¿Podemos temer que el exceso de información dañe a la sociedad? Ese temor aparece de forma recurrente en los medios de comunicación social, sobre todo cuando Internet aparece asociado a delitos antiguos que en cierto modo se revitalizan gracias a esta nueva forma de comunicación poderosa y omnipresente; por ejemplo, la pornografía infantil. Pero es obvio que delitos, y delincuentes, los ha habido siempre, y para delinquir se han utilizado históricamente las armas que la sociedad de cada tiempo iba poniendo en sus manos. Atentados terroristas como los del 11-S en Nueva York o el 11-M en Madrid hubieran sido imposibles sin los modernos aviones, los teléfonos celulares, incluso posiblemente Internet y muchos otros logros tecnológicos de nuestro tiempo. Pero eso no invalida dichos logros: una vez inventada la herramienta para usos útiles siempre hay algún ser humano que le encuentra un uso negativo y agresivo.
En todo caso, ¿quién iba a suponer, hace tan sólo quince o veinte años, que la informática y las telecomunicaciones pondrían al alcance del mundo cotidiano un fenómeno como el de Internet? ¿Quién pudo prever semejante mecanismo de comunicación de toda clase de informaciones capaces de reconvertir nuestras comunidades en sociedades de conocimiento? ¿Qué futuro nos aguarda en un campo, el de las nuevas y cada vez más innovadoras tecnologías de la información y la comunicación (TIC), cuyos precios no paran de bajar y cuyos logros no dejan de sorprendernos con servicios y mejoras en acelerada progresión? ¿Qué cabe esperar de un sistema de comunicación instantánea y universal que permite compartir con altísima eficiencia, de manera prácticamente simultánea, y en tiempo real, textos, imágenes fijas, sonidos y, ahora ya, imágenes en movimiento y toda clase de servicios audiovisuales cada vez más interactivos?
Son muchas preguntas, y nada retóricas, que muestran cómo los logros tecnológicos se traducen en nuevas puertas que se abren a opciones variadas y no siempre fáciles de predecir. Esa nueva sociedad de la información, cada vez más interpenetrada con la anterior sociedad industrial utiliza, por ejemplo, menos dinero físico, en papel y moneda, y más dinero virtual cuya realidad se plasma en forma de bits que circulan de un ordenador a otro. Como suele decir Nicolás Negroponte, los átomos de la materia con que están hechas las cosas reales están siendo sustituidos por los bits inmateriales de la información… Así las cosas, resulta difícil sustraerse a la tentación de mirar desde el presente hacia el futuro, partiendo de premisas racionales y de una realidad que empieza a desbordarnos. Y en ese vistazo prudente al futuro aparece una pizca de aprensión. ¿Qué va a pasar con la Red de redes? ¿Acabará controlándolo todo el Gran Hermano? ¿O, por el contrario, seremos todos cada vez más libres, en una sociedad cada vez más igualitaria, con un acceso cada vez más asequible a los bienes de la cultura y el ocio, al conocimiento, en suma?
Más y más preguntas… No es fácil deducir en qué forma el fenómeno Internet, que se prevé cada vez más poderoso, podría influir en la resolución de los grandes problemas de la Humanidad. Lo que sí parece innegable es que la tecnología informática y la microingeniería nos han proporcionado ya -y van a seguir haciéndolo al mismo ritmo en el próximo futuro- armas de comunicación entre personas e in

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