| Artículos | 01 ABR 2008

La ayuda a los demás se convierte en la mejor consultoría

Tags: Histórico
Accenture viaja a Tailandia para conocer el proyecto de Anesvad que financia
Arantxa Herranz.
Viajar al terreno para conocer, de primera mano, la labor realizada por una ONG a la que Accenture ha prestado su apoyo y ver, in situ, a los beneficiarios de esa partida de la llamada Responsabilidad Social Corporativa. Con este fin, personal de la consultora y de Anesvad acudieron a Tailandia para comprobar los efectos que el proyecto de prevención de la explotación sexual, recuperación psico-social y reintegración económica ha tenido en víctimas supervivientes al tsunami en Phuket y la bahía de Phang Nga.

Informa, desde Tailandia, Arantxa Herranz [aherranz@idg.es]
El 26 de diciembre de 2004 tuvo lugar un tsunami de grandes dimensiones que afectaba, especialmente, al sudeste asiático, siendo Tailandia uno de los países más perjudicados por aquella ola gigante. Un desastre natural que provocó la movilización del resto del mundo, que se solidarizó con los afectados por el tsunami de muy distinta forma. Pero, ¿cómo está esta zona y, especialmente, sus habitantes tres años después?
Una de las comunidades que más se vio afectada por el tsunami son los denominados gitanos del mar, o muklan, gente nómada acostumbrada a vivir prácticamente en las orillas del mar, gracias a la pesca. Muchos de ellos ni siquiera tienen tarjetas de identidad y, por supuesto, tampoco tienen papeles que certificaran que el suelo en el que levantaban sus viviendas fuera de su propiedad. Con la barrida del tsunami, los gitanos del mar se vieron obligados a trasladar sus viviendas. Una de estas comunidades se enfrenta ahora al problema de que el suelo en el que han vuelto a levantar su pueblo estaba cedido por una administración por un período de cuatro años. Una vigencia que expira ahora, al tiempo que ha cambiado la titularidad de la tierra. Por eso, y pese a que las casas actuales son más robustas que las anteriores, gracias a la inyección económica de varias empresas occidentales, el líder de esta comunidad tiene la sensación de que, tres años y medio después del desastre, Occidente se ha olvidado de los afectados por el tsunami.
Aquel desastre también acentuó los problemas de alcoholismo entre los habitantes de la zona, que también degenera en muchas ocasiones en violencia de los hombres contra las mujeres. Muchas de ellas enviudaron, teniendo con posterioridad que aprender nuevos oficios para poder ganar dinero y subsistir. Y, por supuesto, muchos menores se quedaron no sólo sin hogar, sino sin familia.

El papel de las ONG
Como casi siempre, y más en una sociedad en la que el machismo sigue estando a la orden del día, se puede decir que las mujeres son el eslabón más débil de esta cadena y las más afectadas, directa e indirectamente, por el tsunami. Con el objetivo de ayudarles a todas ellas a salir adelante, tanto a nivel físico como económico y mental, la ONG local Foundation For Women lleva a cabo diversos proyectos y actividades en las zonas más afectadas por el maremoto, Phuket y la bahía de Phang Nga. Una actividad que se ve apoyada desde la ONG de nuestro país Anesvad y financiada por la filial española de la consultora Accenture.
Además, el reto último es que ni las mujeres ni los menores de edad acaben cayendo en las redes y tramas de prostitución. Como toda actividad ilegal, no hay cifras “oficiales” del número de personas que son prostituidas en Tailandia (hay quien habla de 60.000 personas, otros de 200.000), pero en lo que sí se ponen de acuerdo todas las fuentes es en calcular que una de cada tres es menor de edad. Un dato no sólo sorprendente, sino escalofriante.
Para entender un poco mejor la dificultad de la labor realizada, basta con señalar que Tailandia es considerado un país de origen, destino y tránsito en el tráfico de personas y en el que, además, aún se ve como algo normal (e incluso positivo) vender a una hija a un anciano occidental por apenas unos mil o dos mil euros. En este contexto, se puede adivinar que la escolarización de los hijos no es algo muy corriente y que, por supuesto, una vez acabada la educación básica muchos padres consideran que lo mejor que pueden hacer sus hijos es, si son varones, trabajar y, si son mujeres, casarse y tener hijos.

Las mujeres más jóvenes
Aunque el trabajo de Foundation For Women (FFW) no distingue edades entre las beneficiarias de sus trabajos, sí que sobresale el papel adoptado por las más jóvenes de estas comunidades, muchas de ellas adolescentes o niñas.
Así, en uno de estos poblados, una chica de apenas 21 años lleva tres siendo voluntaria de FFW y, como tal, se encarga de detectar los problemas que pueden surgir en su comunidad, asesorar a otras mujeres y compartir experiencias con otras voluntarias. Aunque esta joven ya está casada y quiere formar su familia, también quiere seguir estudiando y formándose. Así que, tal y como ella misma reconocía, sobre todo tiene que hacer frente a mucha presión ahora que es una voluntaria y una líder en su comunidad.
A bastantes kilómetros de distancia, en otra de las comunidades una niña adolescente tiene claro que quiere dedicarse a las bellas artes y demuestra pericia al dibujar un cartel que se va a colgar en el poblado para luchar contra la violencia machista, concienciando a todos los vecinos del problema que supone este tipo de actitudes. Unos carteles que han sido pintados por muchos otros niños de la comunidad. Esta chica, no obstante, no rompe con las tradiciones familiares y sigue yendo a rezar a la mezquita y estudiando el Corán.
Son sólo algunos de los ejemplos vistos en Tailandia. En cada comunidad sigue habiendo diferentes situaciones, diferentes mujeres, diferentes problemas. Pero en todas estas actuaciones de las ONG hay un denominador común: el papel de la mujer, que ha dejado de ser “pasivo” y mero observador para tener una iniciativa activa. Lucía Cimadevilla, responsable del departamento de marketing y comunicación de Accenture, reconocía tras el viaje que se ha sorprendido al conocer el papel “cada vez más protagonista de la mujer en una sociedad tradicionalmente machista como la tailandesa y cómo (sobre todo desde que se produjo el tsunami hace poco más de tres años) son las mujeres las que están impulsando el cambio dentro de las comunidades y las familias, tomando la educación como elemento fundamental para que los niños y niñas puedan tener un futuro mejor”.

Una experiencia única
Así, y gracias a esta labor, muchas de estas mujeres están aprendiendo nuevos trabajos que les permiten subsistir. Algunas de ellas aprenden a limpiar el marisco para su posterior venta en los mercados. Otras se dedican a controlar y clasificar el género que llega de los barcos recién atracados en las lonjas. Hay quienes apuestan por conocer y desarrollar el batik para confeccionar cuadros y manteles para la industria hotelera. Y todo ello, como decimos, gracias a la labor de FFW apoyada por Anesvad y financiada por Accenture.
Tras la experiencia vivida, y una vez que se ha viajado al terreno en el que se desarrolla este proyecto financiado, Cimadevilla asegura que ha sido “francamente interesante comprobar la “utilidad final” del trabajo, el dinero y el tiempo invertido tanto por empresas como Accenture como por organizaciones no lucrativas como Anesvad y los resultados que se pueden obtener. Esta experiencia me ha servido para intuir lo mucho que se puede hacer y la importancia de que, cada vez más, las empresa

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