| Artículos | 01 MAR 1995

El año de Pasteur

Tags: Histórico
José Mª Fernández Rúa.

Desde hace unos días se están celebrando en Francia y en otros países de la Unión Europea así como en Estados Unidos, una serie de homenajes, con motivo del centenario de la muerte de uno de los científicos más insignes de los últimos tiempos: Louis Pasteur, a quién muchos comparan por la importancia de sus trabajos con Aristóteles y con Darwin.

El año en que los hermanos Lumiére dieron a conocer su invento del cine; el italiano Marconi y el ruso Popov coincidían en su logro de la telegrafía sin hilos y el germano Rontgen descubría los rayos X, fallecía en la localidad de St. Claud, en las proximidades de París, el padre de la medicina moderna. Pasteur falleció en olor de multitud, ya que conoció la gloria y la fortuna en vida. En 1887, consagrado mundialmente como un genio, este científico hizo realidad su viejo sueño: asistir a la inauguración del Instituto que lleva su nombre, y que está situado en el centro de París.

Louis Pasteur abrió multitud de nuevas vías de investigación con sus hallazgos. Si la vacunación había sido inventada por Jenner en 1775, a Pasteur se le debe entre otras cosas la mayor parte de la inmunología actual. Si la química moderna fue fundada por Lavoisier entre los años 1780 y 1789, el científico galo fue el primero en definir una concepción estática que hizo posible la interacción de las biomoléculas, abriendo así el camino a la comprensión de los fenómenos orgánicos. Y para ahondar más en la importancia de su dilatada labor, merece la pena reseñar que la Teoría Celular desarrollada por Scheliden y Schwann en 1832 no tuvo pleno sentido hasta que Pasteur hizo públicas sus conclusiones sobre la estructura de las moléculas orgánicas. Y la cirugía debe a este genial investigador la asepsia y la esterilización.

Los franceses han vuelto a hacer gala de su chauvinismo. Desde hace unas semanas y hasta el 28 de septiembre próximo, fecha de la muerte de Louis Pasteur, han organizado una serie de actos científicos y culturales en todo el país, para glorificar a su genio, esta vez apoyados por la Unesco que ha declarado 1995 como el año de Pasteur. Hace ya ocho años que tuvieron lugar una serie de actos científicos en París, con motivo del centenario del Instituto Pasteur, que se pudo levantar poco antes de su fallecimiento con aportaciones de instituciones y de particulares.

Desde su fundación en octubre de 1887, el Instituto Pasteur ha estado estrechamente ligado a la investigación fundamental y sus posibles aplicaciones. Tiene una dilatada trayectoria en biotecnología y en el campo de la salud humana y animal, así como en microbiología aplicada a la agricultura y la industria agroalimentaria. Más de dos hombres y mujeres trabajan en estas disciplinas, de los que cerca de quinientos son cualificados científicos en diversas disciplinas como bacteriología, micología, genética molecular, virología e inmunología. Uno de los más conocidos es Luc Montagnier, descubridor del virus de la inmunodeficiencia humana VIH, que causa el sida. El Instituto Pasteur se pudo construir gracias a donaciones de fortunas personales y aún continúa la tradición. En la entrada de este majestuoso edificio se puede contemplar una gran losa de marmol con los nombres de los benefactores. Y es allí donde también está situado el Museo Pasteur. Se pueden ver con la tranquilidad del momento -es preferible no acudir en épocas vacacionales, ya que la masiva afluencia de turistas japoneses hacen casi imposible el recorrido- los ahora rudimentarios utensilios que Pasteur utilizaba en sus trabajos, así como objetos personales de este investigador. Las habitaciones que ocupó allí durante los últimos años de su vida están conservadas tal y como quedaron a su muerte. Sobre una mesita, en un rincón, hay un pequeño marco con los nombres de sus amigos íntimos que se turnaron durante las largas noches de su agonía.

La suerte favorece a los que están bien preparados. Esta era una de sus frases favoritas, que en más de una ocasión utilizó Louis Pasteur para contestar a sus detractores. Pero Pasteur no solo aglutinó en su persona reconocimientos internacionales y condecoraciones.

Varios colaboradores suyos merecieron, por sus trabajos en diversas disciplinas, el preciado premio Nobel; distinción que se ha concedido después a otros investigadores de esta institución. Así, Alfonso Laveran logró el Nobel en 1907 por sus trabajos sobre la acción de los protozoos en el desarrollo de enfermedades; Elie Metchnikoff, en 1908, por sus trabajos sobre inmunidad; Jules Bordet, en 1919, por sus hallazgos en ese campo; Charles Nicolle, en 1928, por su labor sobre el tifus exantemático; Daniel Bovet, en 1957, por la síntesis del curare y las antihistaminas; Jacques Monod, Franccis Jacob y André Lwoff compartieron este galardón en 1965 por su trabajo en la regulación genética de la síntesis de enzimas y virus.

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