| Artículos | 01 JUL 2001

Diccionarios online o cómo encontrar (y perder) las palabras

Tags: Histórico
Piedad Bullón.
En acceso abierto o restringido, qué duda cabe de que Internet es un magnífico soporte para la consulta de toda la tipología imaginable de diccionarios. Pero estas obras de referencia, insustituibles para profanos y eruditos, tienen tras de sí una larga historia de perfeccionamiento y especialización, unas normas que no siempre se cumplen en muchas de las obras que bajo este epígrafe se encuentran en la Red. Claro que, si no nos ponemos estupendos, la alegría antiacadémica tiene algunas compensaciones en los diccionarios alternativos, el género inconformista más genuino de Internet.

Que María Moliner use léxico y vocabulario como sinónimos de diccionario, sólo significa que en el uso común de la lengua española la palabra funciona así, no que quieran decir lo mismo. El suyo, el Moliner, es un diccionario de uso de la lengua, no un diccionario normativo que, como el de la Real Academia, al recoger en sus páginas el uso decantado de un término, va y lo normaliza. Viene esto a colación porque en Internet es muy corriente que bajo la palabra diccionario se hallen sólo vocabularios, glosarios o léxicos que sólo tienen en común el orden alfabético. Porque, mientras que en cualquier diccionario de calidad en soporte papel, el lector siempre tiene a mano una introducción o un resumen que indican el criterio editorial seguido para la confección del diccionario, en Internet no hay reglas. Llama mucho la atención que los diccionarios electrónicos se apoyen tan poco en el hipertexto. En todos los diccionarios de papel aparece el término véase, que remite a otras palabras que aclaran, amplían o remiten a derivadas del concepto buscado. Pues bien, curiosamente muy pocos diccionarios en línea recurren a un sistema que, facilitado por la tecnología, los enriquecería mucho.
En los ciberdiccionarios o diccionarios en línea, se observa una gran diferencia entre la reproducción, más o menos cabal, de obras de prestigio reconocido, en las que el lector pocas veces se siente defraudado, y la de otras de origen desconocido, cuyos criterios metalexicográficos [metalexicografía: estudio de los aspectos metodológicos de la elaboración y creación de tipologías de diccionarios] están casi siempre ausentes. Cristina Gelpí [www.ub.es/geocrit/b3w-189.htm] ofrece una escueta pero suficiente introducción al conocimiento de los diccionarios en línea, sus ventajas indiscutibles, sus deficiencias, y aporta direcciones de un buen número de sitios ordenados según un criterio metodológico riguroso. “Una valoración –dice la autora- de los productos existentes en el mercado sobre las necesidades lingüísticas de los usuarios potenciales debería, a nuestro entender, pasar por un proceso de evaluación de dichos recursos, orientado a determinar el grado de adecuación de un diccionario en línea, atendiendo a las funciones para las que se concibe y los usuarios a los que se destina”. Quién podría hacerlo es la cuestión.

Una tipología clásica
Por buscar una definición simple, un diccionario es una obra que trata del significado y uso de las palabras de una lengua. Muchos de los que así se llaman gozan de una larga tradición, aunque su futuro estará muy influenciado por las nuevas herramientas informáticas, de las que Internet es sólo la más obvia. Cuando decimos diccionarios estamos pensando en los generales de la lengua propia –normativos, etimológicos, ideológicos, de uso...- aunque cada vez hay más diccionarios especializados en una materia, muy útiles para los profanos, siempre que no abusen de tecnicismos, y que están bien representados en Internet, o eso parece. Las más de las veces, bajo esta denominación nos encontramos con vulgares glosarios que nada aportan a la materia.
Una segunda categoría, la de los diccionarios multilingües, es la que seguramente va a tener en la Red un mayor crecimiento. Ya son muy numerosos, con el aliciente de que tanto en acceso restringido como en abierto, gozan de una calidad alta, sobre todo los dedicados a los profesionales de la traducción. Otro campo que tiene, al menos en nuestra lengua, un buen número de sitios es el de los diccionarios de variedades del español, como los que toman el nombre genérico de americanismos o contrastivos, porque están centrados en aquellas palabras, acepciones o usos que son exclusivos de sus respectivos países y que no están en el español de España. En este campo destaca, entre otros, el de Alberto José Miyara [www.el-castellano.com/miyara] llamado Argentino/Español para españoles.
No faltan en Internet páginas dedicadas a sinónimos y antónimos, como el de la Universidad de Oviedo [tradu.scig.uniovi.es/anton.html], que facilita definiciones, un conjugador de verbos, un diccionario Inglés-Español, con los enlaces de rigor. Abundantes, aunque menos, son los sitios web dedicados a las lenguas minoritarias -o mayoritarias pero lejanas a nuestra familia idiomática y, por ello imposibles de evaluar-. Por último, la proliferación en la Red de diccionarios dedicados al argot o los llamados alternativos; tienen su espacio propio, y son los representantes más autorizados y genuinos de la filosofía libérrima de la red.
El diccionario de los diccionarios es, desde luego, el general de la lengua propia. De ahí que empecemos por el normativo de la Real Academia de la Lengua Española [www.rae.es] que tiene en línea sus dos obras más características: el primer diccionario académico publicado por la Institución desde el siglo XVIII, Diccionario de Autoridades, llamado así porque cada significado viene avalado por un testimonio literario, y el llamado Diccionario “usual” o DRAE (Diccionario de la Real Academia Española), cuya última edición en papel apareció en 1992 y que contiene más de 83.000 artículos. La búsqueda es sencilla, con el aliciente de que las páginas del DRAE aparecen completas, de modo que la palabra solicitada está arropada por las que la preceden y siguen.
Dentro de los genéricos de la lengua española, otro que va camino de convertirse en un clásico es el Vox de la editorial Anaya [www.diccionarios.com/], que en su versión electrónica ha sido provisto de un servicio de búsqueda completa, a través del cual el usuario accede a palabras contenidas en los resultados de las búsquedas; puede, asimismo, introducir palabras sin acento o con faltas de ortografía, efectuar búsquedas de formas flexionadas (formas verbales, plurales), escoger el tipo de búsqueda o seleccionar el número de palabras que quiere ver, 5, 10 ó 15. Para acceder a este servicio sólo hay que registrarse. Se echa en falta un buen número de diccionarios clásicos, como el de Espasa y otros que se pueden comprar a través de Internet, pero que no tienen versión en línea, ni siquiera restringida. No podemos pasar por alto la pobre solución que ha dado Larousse [www.larousse.es/_gene/dicc_consul.htm] a la versión española de su diccionario. Llamado interactivo, se ha construido con aportaciones individuales, quizá bien intencionadas, pero cuya ausencia de revisión por parte de los responsables editoriales da como resultado un producto que, además de no tener nada que ver con el editado en papel, es incompleto, variopinto y de baja calidad. Muy distinto al Larousse francés [la

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